Fue un honor representar a los trabajadores, informó, escueto, Reyes Soberanis, presidente del Congreso del Trabajo, otrora máxima instancia del movimiento obrero organizado y hoy agrupación en declive.

Soberanis formó parte del presidium, el pasado 13 de julio, en un foro organizado por la Secretaría del Trabajo, que tuvo como orador principal a Guy Ryder, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Cuando la reforma laboral entró en vigor, calificamos estos avances como históricos. La prensa habló del mayor impulso a los derechos laborales de los trabajadores desde la Revolución Mexicana, dijo el sindicalista británico.

Ryder fue el primer secretario general de la Confederación Sindical Internacional (creada en 2006 y con sede en Bruselas), la mayor agrupación de trabajadores del mundo, y es un visitante asiduo de nuestro país desde los ochenta, según relató él mismo en un discurso lleno de elogios a la política laboral del gobierno mexicano.

En un contexto mundial que consideró sombrío, Rider se congratuló por los ambiciosos avances a favor de los trabajadores que se han dado en México en los últimos años. Habló, por ejemplo, de la revalorización del salario mínimo, de los avances en equidad de género y de la ratificación de convenios de la OIT relacionados con la libertad sindical y la contratación colectiva. México siempre ha estado a la vanguardia en la legislación laboral.

Quizá porque la diplomacia obliga, no abundó sobre la larga resistencia del sindicalismo corporativo mexicano a ponerse en sintonía con los cambios ocurridos en el mundo en materia laboral.

En el marco de la aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC), la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y el resto de las centrales importantes decidieron ignorar a sus contrapartes de Estados Unidos y Canadá. Un viejo sindicalista relata, por ejemplo, que en esos años visitó el país el máximo dirigente del sindicato metalúrgico (United Steelworkers, USW) y los cetemistas lo dejaron plantado.

El TLC se acompañó del llamado Acuerdo de Cooperación Laboral de América del Norte, un instrumento que permitía las denuncias de violaciones a los derechos laborales, pero que, al carecer de instrumentos de sanción, dejó todos los casos presentados en denuncias.

La renovación del acuerdo comercial dio lugar al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), que esta vez incluyó un capítulo laboral, así como instrumentos para sancionar a las empresas que actúen contra la libertad sindical.

El monopolio de la CTM

Hasta antes de la firma del TLC, la CTM tenía el monopolio de las relaciones internacionales del sindicalismo mexicano. Las nuevas tendencias del sindicalismo mundial, que pugnaban por mayor democracia y libertad gremial se toparon con pared en nuestro país.

Los sindicatos mexicanos se cerraron a los cambios al punto de que la CTM y la CROC terminaron fuera de los organismos regionales y mundiales.

Tal proceso ocurrió de la mano de la desaparición de algunas figuras centrales: Fidel Velázquez, emblema del corporativismo, murió en 1997. Dos años después falleció Alfonso Sánchez Madariaga, uno de las cinco lobitos (grupo de fundadores de la CTM), quien durante largos años fue el rostro de los sindicatos mexicanos en el escenario internacional. Sánchez fue secretario general de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT) y representante de México ante la OIT (Ginebra, Suiza).

A la desaparición de los fundadores se sumó el retiro de dos figuras que por años fueron las caras progresistas de la CTM en el exterior: Arturo Romo y Juan S. Millán (ambos continuaron sus carreras políticas como gobernadores de Zacatecas y Sinaloa, respectivamente).

Desde la muerte de Velázquez y el retiro de Millán y Romo, prácticamente no hubo una voz del sindicalismo mexicano en el escenario internacional, sostiene Ancelmo García, especialista en temas laborales.

Tuvo que renovarse el acuerdo comercial para que se diera un sacudimiento del mundo sindical. A partir de la entrada en vigor del T-MEC, y como resultado de las reformas de 2017 y 2019, se ha comenzado a configurar un nuevo escenario de alianzas y relaciones del sindicalismo mexicano con el exterior.

El otro detonador se llama Napoleón Gómez Urrutia, dice García, en referencia al dirigente del Sindicato Minero, que durante su exilio de 12 años, construyó sólidas relaciones con gremios de Estados Unidos y Canadá.

El detonador y la campeona

Los elogios que dedica Ben Davis, director de asuntos internacionales del poderoso sindicato metalúrgico USW, dan una idea del peso de esa alianza. “Si los grandes empresarios y los sindicatos charros piensan que tienen un enemigo en México, ese es Napoleón”, dice Davis. Tereso Medina (CTM Coahuila), Javier Villarreal (CTM Sonora), los sindicatos puestos por las empresas, etcétera, no son los mejores amigos entre ellos, pero se han unificado para pelear porque realmente temen la alternativa que representa Gómez Urrutia. Y creo que también en el gobierno mexicano hay quienes comparten esa perspectiva.

A su favor, Gómez Urrutia ha logrado muchas secciones nuevas, pese a que aún hay mucha resistencia que se expresa en que las victorias del Sindicato Minero, incluso en la Suprema Corte se han topado, en la opinión de Davis, con el rechazo de la burocracia y de las empresas. El resultado no es justicia.

En ese nuevo escenario del sindicalismo mexicano (lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, diría el clásico), Davis destaca la presencia de quien considera una campeona de los trabajadores de la industria maquiladora: la abogada Susana Prieto. Ha logrado inspirar a mucha gente que no pensaba que tenía derechos y que no pensaba que era posible levantar la cabeza y cambiar la situación.

La reforma laboral y el T-MEC abrieron la puerta a personajes como Prieto, tras largos años de batallas contra el corporativismo sindical.

Un hito importante fue la presentación, en 2008, de un informe sobre los contratos de protección en México, en el marco de una reunión de la ORIT, que dio lugar a que en América Latina se hablara del modelo mexicano como sinónimo de corrupción y antidemocracia.

El arco que se abrió en la reunión de la ORIT en Panamá no se ha cerrado, pues actualmente está en proceso la legitimación de contratos prevista en la ley. En síntesis, los trabajadores tienen el derecho de votar su aceptación o rechazo del contrato colectivo de trabajo.

El tamaño del cambio está aún por verse, pero los cetemistas difícilmente dejarán plantado de nuevo a un dirigente de los Steelworkers.

Fuente: Jornada 19/07/22